[CRÓNICA] DEER TICK EN EL APOLO [2]

Por Mia Palau

Si la pasada noche del 21 de marzo se tuviera que resumir en tres palabras, creo que las más acertadas serían: actitud y rock sinverüenza. Deer Tick puede que no sean muy queridos por el conglomerado indie que es Pitchfork, pero llenan sus conciertos de público (en la ciudad condal, muchos repetían tras tan solo seis meses de haberlos visto) ansioso por ver qué animaladas les deparan esta vez el cuarteto de Rhode Island.

 Sin duda, los que abarrotábamos el Apolo [2] fuimos testigos de lo que fue en toda regla uno de los mejores shows que he visto en mucho tiempo, tanto a nivel musical como de espectáculo. Rezumando birra por los cuatro costados (birra que abría con los dientes y engullía de un solo trago), John McCauley y los suyos demostraron que ser niños grandes y malotes no es incompatible con ser unos músicos de tomo y lomo.

Sobre nuestras cabezas volaron birras, un plátano, sudor; en el ardor del momento, hubieron incluso escupitajos en plena cara y besos de tornillo entre McCauley y Ian O’Neil (y por la cara que puso éste, creo que hasta estuvimos al filo de la pelea). Aun con todo, los momentos delirantes y el buenrollismo que la banda exudaba no impidieron que Deer Tick tuvieran sus momentazos serios, como cuando enfilaron con la melancólica Chevy Express o cuando emocionaron con la rota Now It’s Your Turn. Y entre temazo y temazo, las gamberradas entre ellos no faltaron (como provocarle la risa al batería, Dennis Ryan, en pleno baladón, por ejemplo), todo ello llevado con una destreza musical que los eleva a un podio que pocos comparten.

Las dosis de rock del bueno, rock de bar springsteeniano, en contraste con la actitud tan punk de estos chicos no hace más que labrarles la fama y el nombre de lo que son: auténticas estrellas del rock. Solo diré que después de un set vibrantísimo en el que recogieron mayoritariamente temas de su recién horneado “Divine Providence”, McCauley despidió al público barcelonés bajándose los pantalones y terminando el último solo de guitarra con su, ejem, miembro viril. Una velada de rock honesto, enérgico y gamberro que recordaremos durante mucho tiempo.

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