CRÓNICA: El llenazo de BAND OF HORSES

Barcelona · Sala Apolo, 09.02.2011

Al australiano Marc Noga, acompañado por sus Gentelmen, le tocó la tremenda papeleta de inaugurar un acontecimiento que llevaba colgado el cartel de “entradas agotadas” desde hacía semanas. Con el recinto lleno hasta la bandera, la renovada decadencia de la sala Apolo de Barcelona daba la bienvenida el pasado 9 de febrero a la fiel congregación de seguidores de la aclamada banda  norteamericana Band of Horses en su segunda visita a la ciudad condal.

Para ir abriendo boca, Noga nos ofreció un entretenido set, con un  sabor folky extrañamente norteamericano y  algún que otro destello country, en el que hizo vibrar su guitarra a base de riffs Dylanianos y canalizando con su voz áspera al Ryan Adams de hace una década. Empezaron fríos, pero supieron enganchar al público con un set musculoso, su humor de bar y, para qué negarlo, la turca colosal que llevaba encima el buen hombre. Aun con todo, Mike Noga dejó patente sus tablas y espíritu de showman, haciendo que el público bailara, riera y convenciendo a todos de soltar un buen grito a la de tres porque “se sentía incómodo que nadie hiciera más ruido”.

Tras la estela de Noga la expectación creció exponencialmente, dejándose notar en las pacíficas aglomeraciones de las primeras filas, que no se hicieron esperar. Al fin y al cabo, esta sería la primera vez que los acólitos de Band of Horses tenían la oportunidad de disfrutarles en un espacio mucho más íntimo y sin tragar con los gajes festivaleros, tras el accidentado concierto que dieron en el Primavera Sound en 2007.

Irradiando un carisma cálido como un sol de otoño, Ben Bridwell y los suyos se adueñaron del público desde el primer momento y desprendieron energía por los cuatro costados durante las dos horas que duró el tan ansiado concierto con el que venían a presentar su último álbum por cierto, nominado al Grammy como mejor disco de música alternativa—, la apabullante obra maestra que es “Infinite Arms”.

Armados con un guitarrista suplementario y arropados por las espectaculares proyecciones fotográficas de mano de su inseparable Christopher Wilson, artífice de todas las portadas y diseño gráfico de la banda, Band of Horses enamoraron al público desde el primer acorde ululante de “For Annabelle”, con el que inauguraron una velada de lo más emocionante. Siguieron tocando la fibra con su indie rock con acento sureño con “Nw Apt.”,  “Islands on the Coast”, para resucitar una versión arrolladora del soñoliento himno “The Great Salt Lake” de su aclamado debut.

Las proyecciones, encompasadas por melodías potentemente eficaces y aletargadas y la voz dulce y granulada de Bridwell, ilustraban paisajes naturales de zonas recónditas escondidas en el corazón de los Estados Unidos, a dónde precisamente Bridwell se retiró unos meses, cual ermitaño, para escribir los temas para el último álbum, inspirándose en la naturaleza y su bucólico aislamiento.

Con un repertorio que brindó un tributo equitativo a los tres álbumes de la formación —recuperaron matemáticamente siete temas por disco—, aprovecharon para estrenar un tema inédito, “Bats”, que esperamos fervientemente no acabe en la banda sonora de la próxima entrega de la saga teenager Crepúsculo. Con este repaso a su catálogo quedó muy claro que el talento de los Horses tiene una envergadura y una consistencia propias de grupos más longevos, y demostraron un carisma y potencia escénicos irreprochables, aun cuando dieron algún que otro traspié. La voz de Bridwell a veces recordaba a Neil Young casi de forma sobrenatural, y las hermosas melodías  inundadas de reverb como “Blue Beard”, “Compliments” y “The First Song” brillaron con luz propia. No hubieron momentos flojos, aunque sí destacaron “Older”, la alegre tonadilla compuesta por el teclista Ryan Monroe, la arrulladora y fantasmagórica “No One’s Gonna Love You” y “Laredo” con unos arreglos pegadizos que evocaban a Dinosaur Jr.

Para la traca final de bises, que fueron tres, los Horses se fiaron del pasado y nos ofrecieron las correspondientes rendiciones a “Part One”, “Weed Party” y la indispensable “Is There A Ghost?”, que puso un emotivo punto y final a un espectáculo que fue la síntesis perfecta entre sensibilidad, talento indómito y la potente frescura cabalgando entre las raíces del tradicionalismo norteamericano más puro y la imaginativa experimentación indie.

Txt: Mia Palau

Crónica originalmente publicada en el número de Marzo 2011 de Popular 1.

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